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el león jardinero

“…Llegó la hora de la despedida y de mi regreso al norte.

Te echaré de menos —dijo el león severamente, sin un atisbo de sonrisa.

Y yo a ti, pero regresaré el año que viene —dije con más seguridad de la que sentía en realidad. Y es que en momentos como ese recuerdas que el verano, en África, trae cazadores a la llanura, la furia de los hipopótamos, la fuerza de los rayos que pueden partir el árbol más sólido y herir el león más majestuoso. Recuerdas también lo frágil que es la bandada cuando cruza las tormentas que surcan los mares, los miles de kilómetros por atravesar, el cansancio, la soledad y la sed. Recuerdas los postes de luz eléctricos, los ríos que llevan aguas venenosas, los campos áridos sin sembrar y el humo que sale de los bosques quemados que hay que sobrevolar.

Si tardas en regresar —me dijo el león con un temblor en su voz, como si leyese mis pensamientos— o si el año que viene equivocas el camino o prefieres ir hacia el oeste, entonces tal vez cuando volvamos a vernos mi crin se haya vuelto blanca y yo haya abandonado este árbol porque otro me lo habrá arrebatado… Si tardas, tal vez ya no sepas encontrarme.

No iré al oeste —aseguré muy resuelto—. Regresaré a nuestro árbol. Si no estás, te buscaré en tu jardín. Sé que no abandonarás a tus flores. Reconoceré sus colores y sus perfumes. Confía en mí.

Si no tardas, desde luego, allí me encontrarás —dijo el león con voz más serena.

Y de pronto pasó otra nube delante de sus ojos y con voz menos firme añadió: —Claro que… Si tardas mucho, por ejemplo años, tal vez te aburra sentarte a hablar con un león viejo, un león que ya no puede rugir como debe ni mantener a los monos y a las serpientes a raya… Algún día no seré tan impresionante ni podré defenderte con tanta fuerza…, entonces tal vez ya no te interese.

León —le dije sin dudarlo—, tú siempre has sido guapo y magnífico. Y yo siempre te he admirado. Pero quiero que sepas que aunque fueses menos fuerte y menos impresionante, te querría igual.

No hicieron falta más palabras de despedida. Nos miramos y bailaba la misma luz en nuestros ojos. Así que inclinamos nuestras cabezas hasta casi rozarnos y esta vez no sentí miedo alguno al acercarme al enorme gato.

Di media vuelta y eché a volar…”

(Elsa Punset)

el leon jardinero

justa literaria – hasta la vista, te llamaré

Te despides de mi,  esta vez de manera permanente. Estás sentada en la incómoda butaca de un autobús de línea que te llevará al aeropuerto y en tus ojos no veo más que una tristeza simulada.

Te revuelves en la estrechez de tu asiento, y miras con algo de desprecio a la mujer que se acaba de sentar a tu lado. Vuelves a mirar hacia mi, estoy apoyada contra uno de los cristales del puesto de la parada. Tampoco hay mucho sentimiento en mis ojos, quizás solo el recuerdo de diez años, de lo que podría habernos unido y sirvió para separarnos. Estás a punto de salir de mi vida y siento un alivio que me preocupa.

Tengo tu nueva dirección, se ha convertido en un papel arrugado con el que juegan mis dedos. ¿Alguna vez escribiré tu nombre en una carta? No. Sé que perderemos el contacto, que solo me acordaré de ti en algún momento en el que frente a una taza de café recuerde, junto con nuevas amistades, mis años más jóvenes. Tú pareces leer mis pensamientos, moviendo los labios despacio y gesticulando, me parece, de forma excesiva dices: “Te llamaré, escríbeme”.

No lo harás. Pasarás delante de un teléfono y pensarás que deberías llamarme. Yo, cada vez que abra el buzón, pensaré que debo escribirte. Pero solo con esta idea nos entrará la más vaga de las perezas y esperaremos que nuestras cabezas se distraigan con cosas más importantes para que ese día que volvamos a encontrarnos, quizás de manos de la casualidad, podamos decir: “Tantas veces me acordé de llamarte y luego se me olvidaba…” para luego quedar en un silencio embarazoso y empezar una conversación trivial.

El motor arranca y sacudes tu mano vivamente. Yo levanto mi brazo, te despido con una sonrisa forzada. Aún no he perdido de vista el autobús y ya me he olvidado de ti. Me culpo por esta sensación de libertad, después de una amistad obligada por el tiempo. Pero, aún así, no puedo evitar sentirme bien. Me defiendo de mi conciencia diciendo que tú, ahora, estarás buscando nerviosa en tu maleta de mano los billetes de avión. Soñando con las nuevas oportunidades que se ponen a tu alcance, que ya has olvidado la cara que fingía una amarga despedida desde la parada del autobús.

¿Debería de hacer un luto por la amistad que se acaba de perder? Intento recordar el momento en el que aún sabiendo que ya no era como antes seguías marcando mi número y yo llamando a tu puerta. Intento recordar cuando éramos “nosotras” y me asusto al ver que fue hace mucho tiempo cuando ya éramos “tu y yo”.

De pronto me encuentro caminando entre la gente, mirando escaparates, pensando en lo que me queda por hacer en el día. Me doy cuenta de que ya he marcado una cruz en la agenda imaginaria que en el día de hoy señalaba despedirte.

En fin que más puedo decir:

“Se me hace tarde, hasta la vista. Te llamaré”

(Lorena De Mena Álvarez)

¿amig@s?

“…la amistad es una relación, en la cual hay que trabajar. No basta con señalar que uno es amigo de otra persona. Con ello no ocurre nada. La amistad es todo lo contrario, es dedicarse a esa otra persona, destinarle tiempo, para saber de ella, como está, cuales son sus sueños y aspiraciones. Es preocupación y compromiso frente a sus necesidades. Es saber escuchar y no querer ser escuchado. Por lo mismo, es que uno no es amigo de todas las personas. Ya que uno no siempre está dispuesto a abrirse y dar el mismo esfuerzo por todos los que nos rodean. Es por ello, que muchas personas que a veces frecuentamos son sólo conocidas. En variadas los vemos y saludamos, pero no nos damos el tiempo o no nos esforzamos por profundizar aquella relación.

Pero hay una cosa clara, cuando uno conoce a una persona, se siente algo especial, en la medida que creamos que vamos a llegar a ser amigos. Existe un no sé qué, que proviene del alma. Ya que entre amigos existe una clara atracción espiritual. Por lo mismo, para hacer amigos, no hay una receta universal. Esta, sola se da. Lo único que hay que hacer, es conocer a distintas personas. Ya que no se puede fabricar una amistad. La amistad no se fuerza. Se da de manera gratuita...”