hacia un saber sobre el alma

La enfermedad de la época

Cada época tiene sus males, hasta en lo físico. Es sabido que no siempre la humanidad ha padecido los mismos azotes. La Edad Media sufrió el castigo de la lepra. El Romanticismo, el terror y la atracción de la tuberculosis. Siempre hay una lepra y una tuberculosis. Pero el alma moderna tiene la particularidad extraña de amar sus enfermedades más que a sus bienes; de sentirse atraída por sus males, casi hechizada por ellos.

Pero, este hecho de sentirse atraído por su propia enfermedad, avisa el carácter especial de ella, de su punto de residencia. No es el cuerpo propiamente hablando, no es ningún órgano, el afectado por el mal. Cuando la enfermedad se trata, no de una enfermedad que se tiene, sino que en cierto modo, se es. Que quien está enfermo es el centro de nuestra vida, que se ha convertido en problema. Pero toda la vida es problemática; entonces, cuando sobreviene la enfermedad es que se ha hecho problema algo que no debe serlo.

Sigmund Freud era médico, en el siglo pasado, en una de las ciudades más bellas del mundo, en esa Viena, hoy reducida a capital de provincia. La gente que acudía a su consulta pertenecía a la clase acomodada, pues sabido es que los pobres no pueden tener esas enfermedades, y si las tienen, se les confunden con los mil dolores propios de su estado y condición. Gentes de un medio selecto de la ciudad más encantadora del mundo, a quien ningún órgano, ni vísceras daban motivo de inquietud, vivían desasosegados e infelices: estaban enfermos de lo mismo que poco antes se había creído la esencia de lo bello, del “no se qué”. No sabían lo que les pasaba; no les pasaba en apariencia nada, pero una inquietud constante les dominaba, se sentían presos de una angustia intensa que les privaba de los goces que antes sí tenían. Eran los “nervios”, la “neurastenia”, “la psicosis”. Una verdadera plaga que el médico Freud quiso curar. Pero, ¿Cómo curar un mal tan extenso, tan profundo y tan vago? ¿Cómo curar el alma humana? Y aquí justamente estaba la cuestión más grave, el saber la naturaleza y condición de lo que era menester curar.

(María Zambrano)

 

 

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