esperaba el ascensor…

Esperaba el ascensor, cuarto, tercero, segundo…. ah ya llega, me he dicho cuando he observado en una pantalla digital que se aproximaba al bajo.

Al abrirse las puertas cual no sería mi sorpresa al ver a una pequeña niña de rizos morena, grandes ojos y carita a punto de llorar mirándome y sola. Su cuerpo ha retrocedido, no podía pronunciar ni una sola palabra cuando ha decidido que el llanto era lo único que podía ayudarla en ese momento. Al verla yo me he quedado sorprendida pensando ¿de dónde sale esta niña? ¿tan sola? e inmediatamente he comprendido que algo pasaba puesto que una niña tan pequeña, no alcanzaba los tres añitos seguramente, no era capaz de pulsar ningún botón del ascensor, su altura aún se lo impedía.

Pero la niña ha continuado mirándome, entonces yo agachándome a su altura y sujetando la puerta del ascensor para que no se cerrara le he dicho:

¿dónde está tu mamá?

Ella me ha mirado, tal vez la única palabra que entendía fuera la última o tal vez no entendía nada porque ha emitido un lloro pequeño y asustado a modo de contestación.

Yo me he acercado más y sujetando una de sus manitas le he dicho: tranquila, tu mamá va a venir ahora. La niña se me ha quedado mirando y agarrando fuertemente mi mano con sus pequeños dedos se ha quedado mirando un anillo que llevaba y que debía llamarle la atención, luego como volviendo a su realidad de niña perdida, ha vuelto a mirarme, cómo tratando de preguntarme con la mirada, tratando de entender. Yo la he tranquilizado con palabras, no tenía nada más para tranquilizarla. No pasa nada, le he dicho, creo que has bajado sola en el ascensor pero vamos a ir a buscar ahora a tu mamá.

De repente he oido en la escalera la voz de una señora que decía: – ¿mi niña? ¿dónde está mi niña? ¿está abajoooo?

Yo al entender que lo único que había sucedido es que al llamar yo al ascensor la puerta en un piso se había cerrado para atender mi llamada, sujetando la mano de la pequeña y levantándome he gritado: – no se preocupe ¡está aquí en el portal!, está conmigo, tranquila, está bien.

Entonces he empezado a oir pasos apresurados bajando por la escalera. La niña continuaba mirando de frente a la puerta de la calle sin comprender que esas fuertes pisadas salían de la escalera, de un lateral del ascensor, al bajar tan rápido los ruidos eran grandes y la niña de nuevo ha empezado a esbozar un tímido lloriqueo asustadizo mirándome. Entonces yo agachándome de nuevo para que me escuchara mejor, he empezado a hablarle con la voz muy calmada, muy suave para tranquilizarla:

– mira, – le he dicho, – ya baja tu mamá, viene por las escaleras por eso oyes ruidos tan grandes y fuertes, pero no hay que tener miedo, porque es tu mamá que viene a buscarte, ya casi está aquí, lo único que ha sucedido es que has bajado sola en el ascensor pero tú mamá baja ahora para estar contigo.

La niña me miraba y no apartaba la vista de mis ojos. Mi voz suave debía chocar literalmente con las zancadas de la asustada señora, su cuerpecito temblaba ante cada pisada sonora que retumbaba sobre el entarimado de madera pero su manita se relajaba en la mía ante mi voz y así después de varios pisos ha aparecido la madre de la niña. Al ver a su madre la niña ha abierto mucho los ojos como si acabara de encontrarse con el mayor de los tesoros y soltando mi mano la ha acercado a la de su mamá, que preocupada, mientras la sujetaba me preguntaba por lo que había pasado.

Yo le explicado que seguramente había llamado al ascensor al mismo tiempo que su niña entraba en él y al cerrarse la puerta la había bajado. – Todo ha quedado en un susto -he añadido, – es lógico, estas puertas se cierran muy rápido y puede pasar.

La amable señora me ha dado las gracias por haber estado con su hija varias veces y luego se ha marchado con su niña.

Mientras yo, sujetando la puerta, entraba en el ascensor y por un momento pensando en toda la escena no pulsaba sobre el botón de mi piso, en esos breves segundos en que esa puerta aún no se cierra si no le ordenan nada, la niña, de la mano ya de su mamá, se ha vuelto y mirándome me ha sonreido, con su manita derecha girando su cuerpecito me ha enviado agitando su palma, un saludo, un despedirse infantil.

La puerta se ha cerrado por completo y en mi cara ha quedado impresa una sonrisa niña y una mano moviéndose. Apenas he podido devolverle el gesto ni una palabra puesto que no imaginaba que fuera a hacer algo así. Mientras subía en el ascensor me iba encontrando, sin saber porqué, cada vez mejor, recordando toda la escena vivida.

Dos horas después, al salir de nuevo de mi casa, me he encontrado en mi piso a una vecina, buena persona pero bastante cotilla que haciéndose la encontradiza diciéndome que iba a visitar a su hermana me ha preguntado: – ¿qué te pasó antes en el ascensor?. Yo recordando le he contestado: – ah, no fue nada, una niña pequeña que se había bajado en el ascensor sola cuando yo lo llamé. La vecina me ha dicho entonces: – sí, al oiros me he asomado, es la hija de la señora de la limpieza del cuarto piso. Yo he mirado a mi vecina tratando de mostrar poco interés en lo siguiente que iba a querer contarme y con intención de cortar el tema ella muy resuelta me ha dicho: – es un niña sordomuda.

Muda y sorda me he quedado yo mientras bajaba en el ascensor, solo pensando…

Al llegar al portal, mientras salía a la calle no podía evitar llevar en mi cara una emocionada sonrisa, tal vez fuera el mismo tipo de sonrisa que esa niña pequeña me había regalado.

(Cristina Mena)
 
 
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