la fiesta de los solitarios

“…Navidad, Año Nuevo, Reyes… En las casas, en torno a las mesas patriarcales, se reúnen y estrechan las familias. No faltará sitio para el buen amigo. Pero hay aún en la calle solitarios sin familia, sin casa, sin generosa mesa de amistad…

Recuerdo bien el aire que tenían cuantos vi comer en el día de Navidad, en un pequeño restaurante económico. Entraban en él indecisos, y como apenados de abandonar la desierta calle por el triste comedor, desierto también. Conocíase que aquellos solitarios habían aprovechado las últimas migajas de la animación pública…, acaso con la esperanza remota de alguna invitación imprevista de última hora… No: la invitación no se había presentado. Y ya pedían la comida. ¡Gusto amargo de dictar uno mismo su menú, a propio gusto, en este día!… Uno de aquellos solitarios, como en protesta, no sólo desechaba los platos tradicionales, sino que buscaba nota extravagante en los manjares como en el orden de ser servidos: fiambres y asado para empezar… Otro, más tímido, se rendía; y consultando previamente el precio, no podía por menos que pedir una ración del pavo cuyo nombre figuraba, manuscrito, al pie de la lista impresa.

Y uno miraba al otro, al través del vacío comedor, desde el huraño castillo de su propia mesa… ¿No hubieran podido aquellos solitarios, por lo menos en la efusión del día de Navidad, reunir sus soledades y hacer de ellas una compañía? ¿Por qué aquel buen señor calvo, con su aire de empleadillo que no ha podido aspirar al matrimonio, no vencía, una sola vez, la timidez que le han inutilizado la vida, y tomando una flor de las que tenía a su vera no se adelantaba a ofrecerla galantemente a aquella simpatiquísima señora vestida de negro, tan bien arreglada, tan pulida, tan gentil, con su menudo cuerpo, y sus grises bandós y su gafas de oro, que comía meticulosamente, partiendo el pan encima de los platos pulcramente? ¿Y por qué ese mocetón rubio, que mientras comía leía Il Popolo, no había de entablarse con aquella interesante dolorida, de tan blanca cara y de tan inequívoco aspecto de viudez, y contarle el secreto de su vida, y preguntarle el suyo, y llevársela en seguida, allá, Dios sabe dónde, a través de los caminos de la vida? A lo largo de aquella comida de desamparados, ¿no llegaría un momento en que los desamparados se ampararan?…

No; el momento no vino. Muchas veces, y por mucho tiempo, unos a otros se miraron al través del vacío comedor desde el huraño castillo de cada mesa. Y la efusión del día no les trajo consuelo alguno. Ni yo, ni yo mismo, que a todos amaba, supe decirles nada… La tarde avanzaba. El comedor se oscureció. Oyóse el agrio son de las monedas… Y desfilaron, y por las calles de la ciudad, todavía desnudas de gente, perdiéronse aquellos hombres y aquellas mujeres que, caminando lentamente, a sus soledades iban y de sus soledades venían…”

(Eugenio d’ Ors)

(Glosa publicada el 1-1-1906, en catalán, en La Veu de Catalunya. Posteriormente fue publicada en Glosas. Páginas del Glosari de Xénius (1906-1917), ed. cit. Traducción al castellano de Alfonso Maseras, Biblioteca Calleja, Saturnino Calleja, 1920. También se publicó en Glosari 1906-1910, Barcelona, Editorial Selecta, 1950. Asimismo fue incluida en el libro Las cien más bellas glosas de Eugenio d’ Ors, ed. cit.)

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