El vendedor de tiempo: una sátira sobre el sistema económico

La gente tiene poco tiempo para leer. Así que imagínese el lector el poco que le queda a uno para escribir. Estos son motivos de suficiente peso para decidirme a escribir esta historia en su versión abreviada; es más práctico para todos.

[…]

“…cada ciudadano era libre de utilizar sus frascos en la forma que le placiera. Los frascos de cinco minutos de libertad eran el producto perfecto. Porque la gente tenía necesidad de T para sí mismos. Y ésa era, precisamente, la necesidad que satisfacía el producto que TC había ideado.

Más y más botes se vendían en todos y cada uno de los rincones del país. Millones de personas compraban y consumían los frascos de cinco minutos. Era el producto de moda. ¿Quién no había probado los frascos de cinco minutos de libertad?

No cesaban de llegar cartas de los lectores a los principales diarios donde todo tipo de gente daba las gracias y alababa la idea de TC. Los frascos de T cambiaron la vida de enfermeras, barrenderos, peluqueros, transportistas, pilotos, oficinistas, secretarias, profesores, funcionarios…

La sensación de dependencia del sistema se había reducido drásticamente. La gente era más feliz. Como era de prever, buena parte del consumo de T se realizaba durante las horas de trabajo. Todos los habitantes de Un Sitio Aleatorio experimentaban la felicidad que suponía saberse dueños de su propio T y, en cualquier momento, ya fuera en la oficina, en el taller o en la fábrica, dejar de hacer lo que estuviera haciendo y consumir cinco minutos.

Unos utilizaban su frasco para echar una cabezada en su mesa de trabajo; otros, para resolver el solitario de ordenador olvidándose de si eran sorprendidos por su J. Las personas que trabajaban cerca de su pareja sincronizaban sus relojes por la mañana y consumían sus frascos a la misma hora; se encontraban en plena calle, donde, tras abrir sus frascos a la vez, se besaban durante cinco minutos, cosa que, anteriormente, ninguna pareja tenía T de hacer, al menos entre semana.

La reacción en las empresas fue de desconcierto. Si uno adquiría y consumía T, ese T era suyo, claro, pero también estaba claro que ese individuo había comprometido ese T con la organización en la que trabajaba. ¿Quién tenía prioridad?

Como era algo que alguien adquiría, se le debía reconocer el derecho a su propiedad, que en ningún caso podía negarse. En cierto modo, podía incluso argumentarse que el T comprado no era el comprometido con la sociedad, pues era T diferente. La coincidencia del T envasado y el momento de consumo era una casualidad, una sincronía, y no tenían nada que ver el uno con el otro. A pesar de aceptar esa tesis, las empresas adujeron que no podían abonar los minutos no trabajados y procedieron a deducir la parte proporcional de T no trabajado. Eso supuso a los habitantes de Un Sitio Aleatorio aceptar que comprar T supondría ganar algo menos de $. Pero como la gente consumía solamente uno o dos envases diarios, la cantidad que veían rebajada en sus nóminas a final de mes era casi imperceptible. Ningún comprador de T había notado una disminución de su capacidad de gasto.

Las empresas, contrariamente a lo que cabría suponer, no plantearon más problemas, sino todo lo contrario; poco a poco descubrieron las bondades de la compra de T por parte de sus trabajadores. Si bien era cierto que las intermitentes ausencias de sus empleados en momentos no previstos ni planificados causaban pequeñas alteraciones, éstas se veían compensadas por un desorbitado aumento de la motivación del personal y por la mejora del clima laboral. Los índices de absentismo y las bajas por gripes o resfriados se habían reducido a más de la mitad. La gente ya no necesitaba fingir que estaba enferma para descansar o romper con la rutina de trabajo habitual, pues bastaba con abrir un par de frascos a cualquier hora del día…”

[…]

“…me remito a las palabras que dedico a mi hijo Alejo al inicio de este libro: …por si no soy capaz de transmitirle que su tiempo es sólo suyo.

Querido lector, como le dice Gandalf a Frodo en El señor de los Anillos: Solamente a ti corresponde decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado. El cambio empieza por uno mismo. Tu tiempo es también tuyo y de nadie más: vive conforme a ello y la mano invisible nos llevará, una vez más, al bien de la sociedad en su conjunto…”

(Fernando Trías de Bes)
 
 

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