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“Sombría” era el nombre de una isla perdida en medio del océano y en la que sólo vivían piratas, buscadores de tesoros y sus familias.

Jack era el más joven de tres hermanos. Su padre y su abuelo eran conocidos por ser los mayores cazadores de tesoros de toda la isla y de toda la historia.

Su hermano mayor jamás disfrutó de salir a buscar joyas o metales preciosos. Sin embargo, amaba dar hermosas formas a troncos y cocos. Se había convertido así en el artesano más buscado de todo el territorio.

El hermano del medio, Jim, había heredado de su padre y su abuelo el talento para encontrar los más escondidos y valiosos tesoros por inalcanzables que parecieren.

En cambio, Jack vagaba por la isla y por la vida sin haber descubierto aún su talento especial. No disfrutaba de navegar por alta mar, ni de tallar madera, ni perseguir tesoro alguno. No era bueno con la palabra y torpe en sus movimientos.

Daba la impresión que de todas las habilidades que podía tener una persona, Jack no contaba con ninguna. Muchos pensaban así, incluso el mismo Jack.

Era una mala costumbre de la isla hacer alarde de los dones o talentos que se tenían. Los hombres parecían que eran más hombres si se jactaban de aquello que hacían mejor que otros. Sabido es que todos nacemos con algún don o más de uno tal vez, lo que ocurre es que a veces, no lo sabemos buscar y por ende, no lo encontramos.

Este era el caso de Jack. El muchacho estaba convencido que no servía para nada, que era una persona común, tan común como un caracol, un alga, un grano de arena.

El abuelo de Jack tenía una especial predilección por él y era muy consciente de la tristeza y preocupación del muchacho. Había esperado pacientemente a que Jack descubriera su talento, pero su tiempo se estaba acabando y su nieto parecía no poder encontrarlo.

Una tarde, el anciano llamó al muchacho y con todo el amor que sentía por él, lo tomó de las manos y mostrándole un punto fijo en el mar le dijo:

Mira Jack, dicen que allá lejos en el océano, donde el sol se pierde y ningún ave llega, hay una isla a la cual ningún pirata pudo llegar jamás. Dicen también que en esa isla, hay escondido un gran tesoro, el más grande que jamás se haya visto. Oí que se trata de un cofre dorado y más brillante que el sol mismo. Tiene incrustaciones de los más rojos rubíes, está completamente labrado y lleva grabadas dos letras “t”.

El joven no entendía para qué su abuelo le contaba acerca de esa isla inalcanzable y ese tesoro aún más difícil de obtener.

¿Si nadie fue capaz de llegar, cómo es que sabes tan en detalle cómo es el cofre que contiene el tesoro? – Preguntó Jack.

Lo se y eso es lo que importa. Ese tesoro es tuyo Jack, ve por él.

– Sabes que no soy bueno buscando tesoros, no soy valiente, ni aguerrido, no me importa el dinero, ni las joyas. No es eso lo que necesito encontrar abuelo – Contestó Jack con la cabeza gacha y la mirada perdida.

– Se perfectamente qué es lo que necesitas, hazme caso, tal vez éste sea el último pedido que pueda hacerte. Inténtalo, nada pierdes.

Las palabras del anciano conmovieron al joven. Seguía sin entender por qué su abuelo le pedía algo que sabía que no estaba en sus manos hacer. Sin embargo, era tanto el amor que sentía por su abuelo, que emprendió el viaje.

No quiso decir a nadie dónde iba. No confiaba en el éxito de su viaje y de ese modo, nadie podría criticarle nada.

Subió a una pequeña embarcación, simple y austera. No llevaba muchas provisiones, tal vez pensando en que pronto regresaría y con las manos vacías.

No divisaba la isla, pero recordaba dónde le había señalado su abuelo. Al cabo de tres horas de remar intensamente, divisó con terror la presencia de tiburones. Primero fue uno, luego dos, luego dejó de contar. Los hambrientos animales, sedientos de sangre rodearon el bote por completo.

Jack no sabía que hacer, sabía que el miedo podía ser percibido y que debía enfrentar en forma valiente semejante peligro.

Como si alguien le susurrara al oído qué era lo que debía hacer y sin saber el por qué, comenzó a cantar. Sonó extraña su voz, hasta para él mismo. Era dulce, afinada, melodiosa, tersa. Siguió cantando sin siquiera saber para qué y por qué lo estaba haciendo.

No parecía que quien cantaba era un joven, más bien parecía un ángel entonando la más dulce de las melodías.

Como hipnotizados por el candor de la música, los tiburones –en primera instancia- se quedaron quietos, y luego, uno a uno, se fueron retirando.

Jack quedó turbado, no entendía ni por qué se había puesto a cantar y aún menos que su voz y su entonación fuesen tan dulces y hermosas.

Por un momento pensó que había sido su canción la que había aplacado la voracidad de los tiburones, luego se dijo que era una idea tonta y prosiguió su viaje.

Jack no tenía verdadero interés en el esquivo tesoro que estaba yendo a buscar, pero sentía un verdadero amor por su abuelo e intuyó que por algo le había pedido que lo encuentre.

Se recostó sobre un costado del bote y se quedó dormido. Lo sobresaltó un aleteo fuerte, furioso casi.

Cuando abrió los ojos, vio dos albatros con la mirada fija en su persona. Una vez más, Jack sintió que era el plato principal de una comida.

Volvió a cantar y su voz sonó aún mejor que la primera vez. Las aves quedaron inmóviles por un momento que para Jack pareció infinito. Levantaron sus alas y como habían llegado, se fueron.

Inesperadamente y ante sus sorprendidos ojos, apareció la isla, aquella que cobijaba el tesoro tan difícil. Sabía que no podía ser otra, era tal y como la había descrito su abuelo.

Se fue acercando con su bote y al poner el primer pie en la arena sintió un fuerte pinchazo, y otro, y otro. Cientos de enormes cangrejos comenzaron a subir por sus pies y piernas y sus filosas tenazas apretaban hasta hacer sangrar al muchacho. No podía moverse, no podía escapar. Una vez más cantó, esta vez, imaginando el desenlace.

Tal y como lo había pensado, los cangrejos fueron bajando y alejándose. Las heridas dejaron de sangrar y por primera vez pudo apreciar el paisaje. Ahora era cuestión de buscar el tesoro.

No tuvo que buscar demasiado, el cofre estaba a pocos pasos de él, como esperándolo. Era exactamente igual a la descripción que tenía, era dorado, brillante como el sol mismo. Tenía incrustaciones de rubíes, estaba completamente labrado y tenía grabadas dos letras “t”.

Jack no entendía ¿por qué nadie lo había encontrado si estaba tan allí, al alcance de la mano? ¿Sería que no resultaba sencillo llegar a la isla o que ese tesoro estaba destinado para él y no para otra persona? Cuales fueren las razones, allí estaba frente a sus asombrados ojos y sus temblorosas manos.

Se acercó con paso sigiloso, como si el tesoro fuese una especie de enemigo al que habría que sorprender. No estaba cerrado, levantó la tapa con entusiasmo. Sabía que era la primera persona en dar con el tesoro y su contenido.

Para su sorpresa y desilusión, el cofre no contenía joyas, ni oro, ni brillantes, excepto un papel arrugado y roto que decía “ya has encontrado tu tesoro”.

¿Podría su abuelo haberle jugado una broma de tan mal gusto? ¿Había estado en peligro en medio del océano por un simple papel arrugado y roto?

Desconcertado y triste, tomó el cofre y emprendió el regreso. Nadie lo esperaba, excepto su abuelo, una sonrisa extraña de dibujaba en su rostro.

Lo lograste hijo, sabía que lo harías – dijo feliz el anciano.

– No he logrado nada abuelo, mira este cofre, es el mismo que describiste, pero no contiene nada ¿Qué lo hace tan valioso?

– ¿Qué crees que te pedí que fueras a buscar? – preguntó el abuelo.

– Ese tesoro al que nadie jamás había accedido ¡por supuesto! – contestó enojado el muchacho.

– ¿No me dijiste que no era un tesoro aquello que tanto necesitabas?

– Eso te dije y así es,  por eso no comprendo porque me arriesgué tanto en buscar algo que no necesito, ni quiero y que además, no tiene valor alguno.

– Lo que no entiendes es que no te mandé a buscar un tesoro, o sí mejor dicho. Te mandé a que encontraras tu talento especial, ése que creías no tenías. Si llegaste sano y salvo a la isla fue precisamente porque tu canto prodigioso te protegió. De eso se trataba, de encontrar lo que todos llevamos dentro, cada cual el suyo. En medio de la nada, la soledad y el miedo, descubriste que podías cantar como nadie, y ese canto melodioso siempre estuvo dentro de ti, sólo era cuestión de dejarlo salir.

El anciano tomó el cofre en sus manos y continuó:

– Mira las dos letras que tiene grabadas ¿sabes lo que significan? Tu Talento. Eso te mandé a encontrar y eso encontraste y con él convivirás por el resto de tu vida.

El joven comprendió entonces lo que su abuelo había hecho por él. No le había pedido recuperar tesoros que se miden en dinero, lo había ayudado a encontrar uno de los mayores tesoros que los seres tenemos, nuestros talentos especiales. El, que creyó que no poseía ningún don especial, comprendió que siempre, de un modo o de otro, todos tenemos un talento que merece ser descubierto, como lo que realmente es: un maravilloso tesoro, a veces, difícil de encontrar.

(Liana Castello)
 
 
 
 
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