estereotipos

Un estudio reciente revela que las personas poco agraciadas físicamente tienen menos posibilidades de encontrar un puesto de trabajo. Los gordos, los feos y cualquiera que tenga un defecto que le reste belleza son sistemáticamente rechazados, no por razones de valía profesional, sino por el mero hecho de ser eso, feos. Parece mentira que estos tiempos siga ocurriendo algo así. Y sin embargo, antes de lanzarnos a condenar sin ambages semejante estupidez, me parece interesante hacer algunas reflexiones en torno a tan –en apariencia- infundado prejuicio.

Tradicionalmente –basta remitirse a la cultura popular y a las narraciones tradicionales, como los cuentos infantiles de todos los países –la belleza se ha asociado con la bondad, mientras que la fealdad remite a lo oscuro, lo malvado. Feos son los ogros, las brujas, los trols, los gnomos, los enanos, los gigantes (nótese la sublectura de estos dos últimos personajes), etc… Hasta fechas muy recientes, en las que surge la figura de antihéroe, la premisa se cumplía de modo casi inapelable: los feos eran malos, y los bellos, bondadosos ¿Por qué es así? A esto se puede responder de un modo antropológico diciendo que responde al mismo fenómeno que la selección natural. Los animales que con más facilidad se aparean son los bellos y los fuertes, propiciando así la mejora de la especie. Un animal –y que otra cosa es el hombre- se siente más atraído por una pareja bella que por una fea: la bella es por tanto buena. El fenómeno es tan curioso que los japoneses han llevado a cabo un interesante estudio realizado con bebés de pocos meses. Al parecer, éstos sonríen cuando ven un rostro armonioso y hacen pucheros cuando se les presenta uno que no lo es, por muy sonriente y amable que se muestre. ¿Somos, por tanto, prejuiciosos desde la cuna? Si, lo somos, para qué inventarnos milongas.

En estos tiempos revisionistas se tiende a negar lo evidente para hacernos creer que tanto los prejuicios como los bajos instintos, la maldad, la injusticia y todas las demás pulsiones negativas son producto del ambiente en el que vivimos. Es el triunfo del rousseaunismo más estúpido. El padre del buen salvaje, ese filósofo de dudosa catadura moral (¿Sabían ustedes que Rousseau abandonó a sus cinco hijos,¡cinco!, en la inclusa?), nos ha convencido a todos de que “el hombre es bueno y son las instituciones las que lo pervierten”. El sentido común, en cambio dice que la mayoría de los prejuicios, al igual que ocurre con buena parte de las injusticias o con la maldad etc… responde a fenómenos que, en último término, tienen que ver con el instinto de supervivencia.

No intento con este discurso pesimista justificar dichas actitudes, pero creo que es importante saber a qué responden comportamientos tan impresentables como el de discriminar a alguien por el hecho de ser feo, por ejemplo. Y es que el avance en lo que a temas éticos se refiere no pasa, pienso yo, por ignorar nuestras debilidades o achacarlas a la estulticia, la maldad o los meros prejuicios irracionales, sino por todo lo contrario. Consiste en conocer su origen para ponerles coto ¿Quién dijo aquello de “nada humano me es ajeno? Creo que fue Terencio, el mismo, por cierto que acuñó esta otra frase: “La obsequiosidad (léase, decir a la gente lo que quiere oir) genera amigos, y la verdad, odio”

(Carmen Posadas)
 
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